Reseñas

Sònar 2017: campos de sudor y satisfacción

Crónica: ELISA FUENZALIDA

Fotos: FRANCO SANDOVAL

 

El sol está muy arriba. Barcelona bulle en junio, su puerto abarrotado de amenazantes cruceros, su desasosegante monumento a Colón, sus turistas arrastrando los cuerpos colorados por la Rambla, los manteros, que son como los ambulantes de Europa, moviéndose en espontáneas coreografías que recuerdan a las golondrinas que sobrevuelan la ciudad. En la playa ellos venden y los turistas compran pareos de diseños fractálicos que a lo mejor usarán en algún otro balneario vacacional, una o dos veces más, antes de abandonar para siempre en el trastero. En verdad, como las golondrinas, son los turistas los que se marchan cuando ya no hay más migajas que robarle al pan del verano. Los manteros se quedan, asediados por los uniformados que pasean afeando la playa con sus armas.

La ciudad entera se ha preparado para el festival. Los taxistas, bodegueros y camareros, todos parecen adivinar que este año Sònar rompe el record de asistencias con más de 120 mil personas a lo largo de tres días y lucen atareados y alertas. Los carteles y pintadas contra la gentrificación y turistificación de la ciudad pasan a segundo plano en medio de un mar de locales y extranjeros luchando por aflojarse las pulseras electrónicas. Los beats se oyen por todo Sant Antoni.

Archivo Sònar Press

Sònar Día está ubicado en un recinto abierto y extenso con programación continúa en el que sudamos todos los excesos pasados y por venir. El sol pega a lo bestia sobre las cabecitas aún frescas del público de Princess Nokia mientras que ella ondea una bandera de Puerto Rico y se despide dedicando el concierto a sus compas afrodescendientes. Lástima, por quedarnos de charla con las encantadoras chicas del staff de prensa nos perdimos su stage diving. Aunque por ahí nos dicen que todo el concierto estuvo cantado sobre vocales pre-grabadas. ¿What? Da igual, parece que casi se cae el escenario con Tomboy y nos parece muy bien, porque esto recién calienta motores. Corremos a Forest Swords. Correcto, quizá demasiado correcto y sin sorpresas. Las cuerdas y vientos grabadas ex profeso para el tercer álbum de Mathew Barnes se nos quedan frías. Las visuales, en la línea habitual, una puesta en escena minimal y virtuosa pero sin sangre. Para un primer día, hambrientos de emociones como estamos, nos sabe a nada y nos salimos a mitad del concierto a pillar cerveza. En ese mismo escenario, más tarde, Alejandro Ghersi aka Arca, dejará el suelo temblando.

Los toreros somos suaves

Confieso que vine por Arca. Todo lo demás me parece muy bien, pero mi corazón ha perseguido este directo como una flecha lanzada con precisión. ¿Que no es para todo el mundo? Eso he oído, que hay gente que no soporta ver a un chico en tacones de aguja y tanga de cuero cantar boleros, es más, que hay gente a la que le molesta. “They don´t wanna see a man in a dress succed”, diría Mykki Blanco. Nuestro fotógrafo advierte rápidamente una pasarela que se adentra entre las primeras filas del público. Ahí nos ubicamos.

Arca hace su aparición entre espasmos, contorsiones y los flashes de la cortadora. Para su tercer álbum el músico ha llevado su aventurera alma a los salvajes terrenos de la tradición. ¿Qué puede ser más seductor para un compositor que no reconoce límites que el origen? Tonadas llaneras, Simón Díaz y las fuerzas telúricas de su Venezuela natal. Abre con Piel, más físico, más vocal, más lírico que en cualquier otra de sus exploraciones. Cuesta trabajo creer que tan solo ahora Ghersi haya decidido usar su voz al desnudo. Para este álbum se ha despojado de lo ornamental. Vanity sigue solo como un fragmento, visuales extremas de Jesse Kanda y vuelta al melodrama futurista con Anoche, impecable, mientras gusanos y bichos asquerosos se retuercen en el pantallón, ya saben, contrastando un trance que a menos de media hora de concierto ya parece un estado de sueño profundo. Otra cucharadita de Xen. Y bien espabilados nos tiene ya cuando aparece en tanga blanco y la ya mítica chaqueta torera blanca de mangas rasgadas del vídeo de Reverie entonando los primeros versos de Desafío. No sé si fue justo antes o justo después cuando lo dijo: “Los toreros somos suaves” y el público se derrite. Me conmueve ver la suavidad en escena siendo celebrada y adorada porque esto ocurre raramente en medio del apuro de la vida alimenticia. Me encanta ver un Arca arrebatado en el idilio, todo eso que conlleva fragilidad y ternura, ese sentimiento tan intenso de dulzura tan impúdico para occidente que solo se puede tolerar si ocurre en un escenario. Alguien a mis espaldas dice: “Esto es político”, y me digo, genial, así no tengo que ser yo quien lo diga.

Foto: Franco Sandoval

 

Foto: Franco Sandoval

Obvio que no fue todo angelitos y querubines, en medio de tanta devoción cayó un buen chorraco de lava candente cuando luego de su soberbia interpretación de Caballo Viejo, Reverie, medio en broma anunció que era hora de evacuar a los menores del recinto. A esto siguieron unos casi tres eternos minutos de visuales de fisting anal extremo y prolapso rectal cuyos últimos segundos se solapan con un perturbador audio de una masa en pánico que recuerda eventos todavía cercanos como el atentado en el concierto de Ariana Grande. La sonrisa socarrona de Ghersi, es un flashazo entre los flashazos de luminotecnia, lo tengo tan cerca que no puedo dejar de notar que no ha parado de reírse como un crío durante ese despliegue sadomaso.  Me gusta que los artistas no se tomen su personaje demasiado en serio. El final, apoteósico, látigo en mano, lanzándose sobe el público, ya descacharrándose de la risa, lo pueden ver en Youtube por ustedes mismos.

Foto: Franco Sandoval

Nonotak, Moderat, Jaar, Soulwax y Nina Kraviz

Sònar Día es inhabitable. Llegamos a Stooki Sound con la lengua afuera. Las quemaduras de primer grado duelen solo de verlas y los cuerpos no solo sudan, se queman y deshidratan, sino que sangran. ¿Recuerdan? Las personas con ovarios existimos y en un festival por el que han pasado 123 mil personas es imposible encuentrar un tampax, toalla higiénica, copa menstrual o sucedáneo, omisión que estamos seguras de que será rectificada el año que viene, para el 25 aniversario.

Huimos del calor rumbo a las cómodas butacas del Complex. El duo Nonotak ofrece un espectáculo entre instalación digital de luz y arquitecturas de sonido que te transporta a un universo autónomo. Juegos visuales geométricos en complejidad ascendente se superponen y completan en movimientos helicoidales. Una pasada.

Foto: Franco Sandoval

Por la noche no llegamos a tiempo de DJ Shadow, pero pillamos la última parte del DJ set de Jon Hopkins. Aunque nadie lo ha mencionado en sus top 5, para nosotros ha sido de lo mejor. ¡Y ni siquiera con un live! Suave, profundo, intenso. El mejor recibimiento posible al Sònar Noche. Moderat, sin embargo, arrasó. Apparat salió a matar con esa voz llena de emoción. El sonido, sin fallos, los bajos en su sitio, un sueño de directo. Fue imposible no rendirnos a New Error, otro de los momentos más altos del festi. El público simplemente cerró los ojos y enloqueció. Gosthmother, Animal Trails, un asalto a los sentidos. No debimos perdernos Les Grandes Marches, Reminder y Bad Kingdom por perseguir a Nicolas Jaar presentando Sirens, su álbum más prescindible hasta la fecha. Cero roots y un montón de gente apelotonada con cara de ansia esperando algo de sabrosura que nunca llegó. Un poco agobiadas ya por el calor, nos escabullimos a hacer uso de la zona vip y sus ventajas: aire, baños, vacíos y cerveza y comida sin colas. Para todo lo demás, escasos camareros para tanta masa humana. Las colas del Sònar Club, interminables. El rugido de los tambores de Soulwax nos arranca de un merecido descanso. Nos asomamos por las butacas de la vip, nada que ver, nos vamos corriendo con la gente que da brincos y se sacude en estado de éxtasis en el Club. Otro de los aciertos de S17. Los ex 2 Many Dj´s, presentando From Dewee, una mezcla de pop roto, tambores, sintes, cajas de ritmo y la presencia del gran Igor Cavalera y otros siete miembros en total. Avasalladores. El mejor cierre estuvo a cargo de la potente Nina Kraviz, con una descarga de acid house que a pesar de pillar al personal en sus últimas horas de aliento levantó varias patas del suelo. No es mi cosa favorita, pero hay que decir que el set estuvo imponente.

Archivo Sònar Press

Trap de día y Vitalic de noche

Nuestro último día en el Sònar, salvo la grata sorpresa de Nosaj Thing (visuales de Daito Manabe, un viaje), estuvo copado por el trap. Excelente C. Tangana. Su crowd canta todas sus letras, cargadas de la épica de la clase trabajadora, progresar, ser alguien, levantarte de los bajonazos del desempleo, el desamor, las frustraciones familiares. Antes de Morirme ya es un himno generacional. Poesía urbana en vena. Refrescante y bonito, un big YES. Y luego Dellafuente. Para quienes no conozcan al granadino, pues qué decir, otro working class hero, que a pesar de tener canciones en clave de coña sobre enamorarse de una emo, es un poquitín emo himself. Sus letras sencillas, directas y explícitas a mí me tienen fascinada, sensibilidad a borbotones. Pero creo que lo cogimos de bajón. Plus, que el sonido estaba malo. El cante flamenco cautivador de su compañero Maka apenas era audible. Aunque a mí casi se me saltan las lágrimas con Consentía. Un clásico, el Chino y Maka, bellos.

Foto: Franco Sandoval

Llegamos tarde a Justice, que parece que fue criminal. Así que nos apuramos para no perder un minuto de Vitalic, que lo bordó.

Archivo Sònar Press

¡Qué pedazo de tracklist! Levitation, You Prefer Cocaine, Film Noir, Stamina, la intro super 80´s de Waiting for the Stars y siguen nombres de su último disco, que sigue subiendo. El cierre con My Friend Dario una super bomba. Sin duda otro de los momentos más altos del Sònar 2017. Y…¿ya? No puede ser ¿se ha terminado? ¿Tres días de estío con sus intensas noches y mañanas han pasado?

Toda la escarcha derramada, todos los vasos muertos y el sol asomando por detrás del escenario, con la luna todavía detrás, el bus, los ojos bizcos, babas secas y hombros flácidos valen la pena, cuando al final del camino aparece la playa. Y en el mar, con vestigios de cerveza caliente como único combustible de nuestro descalabrado seso, soñamos con más fiestas, más música y flotamos boca arriba, como perritos, felices de que estamos vivos y queremos siempre un poquito más.

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